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Wendy Creció

A Continuación podéis leer el relato cedido por Carlos Mayoral (en twitter @LaVozDeLarra) para Road to art. Aquí podréis escribir vuestras versiones para esta trágica historia o en la página dedicada a los Relatos Ilustrados de Road to art http://www.roadtoart.com/relatosilustrados/ o en la sección de dibujo, subir vuestras ilustraciones inspiradas en este relato. Amiraos a participar!


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Hablaban de Wendy como se habla de las personas acabadas. El barrio cruzaba de acera a su paso, acercaba la boca al oído amigo y cuchicheaba por lo bajo juicios tristes sobre aquella pobre mujer. La desgracia se había cebado con ella, eso era indiscutible. Nadie puede culparla de semejante sambenito, pero el vulgo es terriblemente egoísta, y ve en el arte de señalar al débil una manera de esconder su propia debilidad. Ésta era la relación entre la barriada y Wendy, de lejos la vecina a la que con más fuerza había golpeado esta vida perra, que siempre se empeña en golpear a los más inocentes. A Wendy le movían recuerdos de otro tiempo, una cierta melancolía por un pasado moderadamente feliz, una niñez que hubiera sido eterna de haberse concretado un par de proyectos fallidos. Más allá de la niñez, el derrumbe. Se puede decir, no obstante, que la memoria de Wendy era un arma de doble filo: la torturaba recordándole a cada momento que no volvería a ser feliz, pero a la vez mantenía su vida a flote gracias a lo hermoso de aquellos recuerdos. Sin embargo, esto al pueblo le importaba un carajo. Ellos sólo otean el presente, azuzados por el pasado más reciente. No entienden de niñeces ni de idealismos, sólo importa el fracaso o el éxito que presentes a esta hora del día. A pesar de todo, si a Wendy le hubieran preguntado: ¿De todas las calamidades que te han asaltado, cuál eliminarías en primer lugar?, ella lo hubiera tenido claro: crecer. Porque ése era para Wendy el germen de todos sus males. El hecho de haber madurado traía consigo los innumerables desastres que la estigmatizaron después, y eso era imperdonable.

Esa noche, Wendy llegó a casa más tarde de lo habitual. El verano achuchaba, así que se despojó de sus ropas hasta quedarse en el más sugerente cuero: apenas un tanga de hilo negro y una camiseta blanca de esas que medio regalan en el Primark. Abrió la cerveza con algo de violencia y liquidó media lata de un trago, cuando aún no se había apagado ese ruido tan gaseoso como desagradable que emiten dichas latas al inaugurarse. Sin pensar demasiado, se abalanzó sobre el sillón y dejó que sus piernas hicieran lo propio sobre la mesa. Encendió la televisión. Tras una serie de escenas intrascendentes, una mujer despampanante dio paso al sorteo de la lotería. Se incorporó con pereza y extrajo del bolso el boleto.

-5... 9... 2... 2... 1.

59221. Repitió unas cuantas veces el número en su interior, porque como todo lector imagina se trataba del número premiado. Si sonrió o no al terminar de cerciorarse de su triunfo, poco importa. Lo realmente trascendente es que su cabeza viró el rumbo, y donde antes sólo había espacio para el pasado ahora se colaban sin quererlo imágenes futuras, posibles lujos, venganzas cercanas. Wendy se felicitaba por haber logrado semejante hazaña. Hacer que tu futuro no dependa del pasado es cosa de no poco mérito. Podemos decir, aun a riesgo de caer en alguna imprecisión semántica, que durante aquellos minutos que sucedieron al sorteo, ella fue feliz. Al menos, en el sentido moderno de la felicidad, ya saben. Un momento de gozo muy puntual, donde el pecho se hincha y los músculos se relajan. Nada constante, todo efímero.

Abrió una botella de champán, más por tradición y alcoholismo que por verdadero afán de celebración, y se la fundió en apenas media hora. Durmió con bastante tranquilidad, pasada ya esa especie de euforia inicial, sin dejar de ser la persona que ya era antes y sin haber cruzado una sola palabra con nadie desde que llegara a ella la feliz noticia. Lo que sí continuaba manando era esa especie de gusto por el futuro. Por su cabeza paseaban fenómenos de lo más extraños, todos ellos virtuales: playa, hotel, banquete, vivienda, whisky, ropa... Seguían desfilando sin que Wendy, por mucho que lo pretendiera, consiguiese frenarlos. Se durmió tarde a pesar de la ligera ebriedad, y sólo la llegada del sol la sacó de un sueño oscuro del que al despertar sólo quedaba esa sensación de oscuridad. Ninguna certeza más.

Ese mismo día, Wendy se lanzó a la calle y comprobó que, efectivamente, las cosas habían cambiado. Todo el mundo la miraba con otro rostro. Las antiguas sonrisas a medio trazar se habían convertido en bocas selladas, y el brillo divertido en los ojos pasaba a ser una mirada de ceño fruncido y ojos rasgados. Ya nadie se cambiaba de acera a su paso. Digamos, de un modo así ligero y poco profundo, que Wendy había pasado a despertar, de pronto, ese oscuro sentimiento en los demás que los diccionarios llaman "respeto".

Pero el día todavía podía ir peor. Hasta veinticuatro llamadas de distintos medios de comunicación abarrotaron su teléfono móvil, a las que había que sumar treinta y dos efectuadas por entidades bancarias, dieciséis por empresas inmobiliarias e incluso doce por agencias de viajes. A todos ellos, incluyendo a la prensa, Wendy les dijo que la decisión la tomaría mañana. Al llegar a casa, se sentía muy cansada. Mucho más que el día anterior, cuando había dado buena cuenta de la cerveza y del sofá. Esta vez no vistió las galas veraniegas habituales, sino que se decantó por un vaquero hermoso que había comprado en las rebajas de junio y una blusa de encaje que le recordaba la elegancia perdida de su madre.

Una vecina que dedicaba gran parte de su tiempo a espiar los movimientos de unos y otros por aquí y por allá alertó a la policía. Entraron por la fuerza esa noche calurosa de agosto en la casa de Wendy y se encontraron con el cuerpo flotando a medio metro del suelo. Junto al cadáver, una nota y un boleto de lotería roto en tantos pedazos que hubiera sido imposible adivinar a qué número pertenecía. Pocos segundos más tarde, el rellano, las escaleras anexas, el portal e incluso parte de la calle hervían de gente deseosa de ver el cuerpo de la difunta. Ella se había convertido en una especie de espejo donde mirarse después de su reciente éxito, y el hecho de que se hubiera ahorcado parecía un simple capricho del destino, una triste casualidad, un hecho aislado.

Sólo cuando hubo llegado el atestado, los curiosos fueron abandonando el lugar de los hechos con cierta parsimonia, ese paso febril y lánguido que uno adopta después de verle la cara a la muerte. Un tipo bigotudo, el cabello brillante peinado al estilo José Antonio, con el uniforme estrictamente planchado, se ajustó los guantes antes de acceder al tacto del cadáver. Lo primero que hizo fue recoger los mil y un trozos en los que se había convertido el dichoso billete de lotería. Los lanzó a una bolsa de plástico que más tarde, cuando cumpliera con su inútil cometido, sería enviada al depósito de basuras con más pena que gloria. Lo segundo que hizo fue aguantar con ambas manos la nota escrita, ésa que Wendy había dejado junto al boleto despedazado, esa especie de despedida que algunos suicidas deciden dejar para siempre rebotando en las meninges de los que se quedan en este mundo. El bigotudo se ajustó las gafas. En el centro del papel podía leerse una frase:



"Quedaos con mi futuro
yo sigo siendo una niña"

El hombre arrojó la nota de suicidio a la misma bolsa donde descansaba, echo pedazos, el futuro inerte de Wendy.




Carlos Mayoral
Enero de 2018.