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Hojas de otoño y primavera



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Como una cálida sensación de aliento y vida y como el más bajo de todos los susurros, una conciencia florece en cualquier ambiente. Una sensación de vida puede desaparecerse incluso estando en vida. El libre albedrío se propaga a la par con las malas y buenas decisiones, al fin y al cabo el juicio final es inevitable y los caminos que se tomen son solo un medio, en medio de toda esta farsa. Luces parpadeantes en la oscuridad del cielo misterioso llegan a las puertas de una conciencia que descubre otro tipo de sensaciones a través de los sentidos otorgados. Una conciencia se desarrolla junto con un recipiente que la contiene. La adaptación llega con el tiempo a la vez que la inocencia se va desvaneciendo y la sorpresa deja de ser algo genuino. El núcleo de toda vida es una conciencia, sin esta, solo somos seres frívolos que piensan racional o irracionalmente, no hay gran diferencia comparando esto con un animal. Parece ser que el núcleo ha sido reemplazado en estos tiempos modernos con un excesivo deseo de poder e individualidades ajenas al sufrimiento inmerecido del prójimo. Quizás si viviéramos solo para sentir y razonar a través de los sentimientos de los demás, la maldad seria reemplazada con comprensión y deseos legítimos de ayudar y la locura perduraría solo en el amor. La vida de una conciencia puede manifestarse de muchas maneras y todo tipo de expresión hacía ella es valido, siempre y cuando haya un ascenso y descenso, así como las hojas de los arboles florecen en primavera para después caer en otoño.