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UN NUEVO COMIENZO III. HUIDA


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Querida Maika:


Te escribo esta carta, que nunca pasará por ninguna oficina de Correos, pero que quizá algún día puedas leer tu misma, sin que tenga que pasar por sus manos. No quiero torturarme con la idea de haberte perdido, pero ahora que estoy lejos, empiezo a darme cuenta de lo idiota que he sido durante estos últimos años. Si en lugar de lanzarme en brazos ajenos buscando pedazos de ti, hubiera sido sincero conmigo mismo y sobre todo contigo, sé que todo esto no hubiese pasado.              


O quizá las cosas hubieran sucedido igualmente, pero no tendría que cargar con la pesada losa de no poder recuperar aquello que tanto anhelo hoy. Puede que te parezca infantil que haya vuelto a dejarlo todo, e incluso,  sé que me estarás intentando buscar en los sitios de siempre, pero esta vez no quiero que me encuentres tan fácilmente, ni que te preocupes o sientas lástima por mí.


No me quieres hacer daño, eso siempre lo he sabido, pero de un tiempo a esta parte, todo aquello que viene de ti me provoca un terrible dolor. Es como si todo esto hubiera estado dormido en algún oscuro rincón de mi mente y ahora todo se hubiese desencadenado como una avalancha. Me he marchado, fundamentalmente porque no quiero odiarte Maika, no es justo para ti y tampoco quiero odiarle a él (aunque te puedo asegurar que no es por falta de ganas), porque lo único que está haciendo, es darte la felicidad que tanto te mereces.


Por eso he tomado la decisión de viajar sin un rumbo fijo, para evitar convertirme en un ser lleno de rabia y dolor, que mire con desprecio a la mujer que tanto ha amado y sigue amando, por hacer algo tan natural como continuar con su vida.


Te deseo todo lo mejor Maika, cuídate.



No fue fácil para mí, tomar la decisión de poner rumbo a lo desconocido y alejarme de la mujer que me hacía doler el corazón con su sola presencia. De hecho, ahora que lo pienso, probablemente hubiera sido mucho más inteligente quedarse allí e intentar reconducir las cosas de forma adecuada con la ayuda de Marina o de Marcos, pero en el estado en el que me encontraba, no creo que ni doscientos psicólogos hubiesen sido capaces de hacerme cambiar el chip.


Tuve que salir de allí, porque me estaba empezando a ahogar en mi propio resentimiento, en un odio estúpido e irracional por mí mismo que amenazaba con destruirme. En una persona que aborrecía por completo cualquier gesto cariñoso que su ex mujer tuviera con él, a la que cada día le pesaba más la vida. Harto de mí, de la vida tan absurda que estaba llevando los últimos meses, me levanté una mañana, eché un vistazo en el espejo a la caricatura en la que me había convertido y me dije:


-¿Quién eres tú? ¿Qué has hecho con ese que la volvía loca?


-No lo sé –me respondí a mí mismo con tristeza- He estado tan perdido últimamente, que realmente no me he preocupado lo más mínimo la imagen que los demás tenían de mí.