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Miguel Ángel González - Secretos



PORTADA

Es un honor para nosotros contar en Road to art con el escritor Miguel Ángel González, ganador del Premio Novela Café Gijón en 2015 con su obra "Todos los miedos". A continuación podéis leer uno de sus relatos titulado "Secretos", inédito hasta la fecha, solo hay un problema y es que hemos quitado la parte final del relato para que no sepais como termina. Y es aquí donde entra vuestra creatividad, leed la primera parte del relato y escribid un final antes de que lo completemos, así podremos ver lo que os sugiere a cada autor este texto y posteriorme compararlo con el relato completo.


No os perdáis la entrevista que haremos próximamente a Miguel Ángel González en nuestro blog (https://roadtoartblog.wordpress.com/ ).


Si tenéis un relato no dudéis en iniciar un nuevo proyecto para que otros artistas colaboren con vosotros. Desde Road to art os ayudaremos a darle difusión para que participe el mayor número de artistas posible.


 


SECRETOS


-¿Te he contado alguna vez todo lo que ocurrió?


La voz infantil de Carlos rompió el silencio de la noche llamando la atención de Jorge, su hermano pequeño, que un instante antes intentaba conciliar el sueño bajo las mantas, protegiéndose con ellas del frío.


-No tienes por qué hacerlo si no quieres, puedes contármelo otro día –respondió, mientras apretaba sus rodillas contra el estómago para proporcionarse algo más de calor.


Él en cambio se destapó por completo y, alargando su mano derecha, prendió la lámpara de noche situada sobre la mesilla. Sus dedos titubearon unos segundos antes de encontrar el pequeño cordón que la encendía; bailaron entre un despertador con forma de pelota de fútbol, un coche de carreras en miniatura y la caja de pastillas para la tos.


-¿Qué estás haciendo? Apágala, estoy intentando dormir –protestó Jorge.


Nuevamente la habitación quedó a oscuras, la inercia le hizo a Carlos obedecer la orden de su hermano. Durante un instante dudó ante la tulipa recién apagada, como si deseara volver a encenderla pero careciera de valor para hacerlo. A regañadientes se tapó con las sábanas hasta el cuello. Se revolvió furioso entre las mantas, no soportaba tener que sucumbir ante las órdenes de su hermano pequeño; él ya tenía trece años y Jorge acababa de cumplir diez. Encendió otra vez la luz, lo hizo con tal virulencia que la lámpara se tambaleó durante unos segundos sobre la mesilla.


-¿Qué pasa? ¿Es que no te interesa?  –preguntó desafiante.


El pequeño de los hermanos, que parecía estar inmerso en un profundo sueño, no respondió.


-Te estoy hablando, no te hagas el dormido.


Jorge resopló, apoyó la almohada en el cabecero de la cama y se incorporó.


-No te enfades, yo no he dicho que no me interese –contestó finalmente.


-Claro que no te interesa, tú eras muy pequeño para acordarte de papá.


-Cuéntamelo si quieres.


-Creo que ya no tengo ganas de contártelo –respondió Carlos.


Y de un salto se levantó de la cama y se dirigió hacia la ventana de la habitación. Corrió la cortina y pudo ver la puerta que daba acceso al pasillo reflejada en el cristal. Un nudo en su garganta le impidió respirar con normalidad. En su cabeza se agolpaban los recuerdos, unos reales y otros producto de la imaginación de un niño de trece años. Fue justo en ese preciso momento cuando odió con todas sus fuerzas a su hermano pequeño, le odió por no haberle querido escuchar. Su respiración se entrecortó por completo, sus mejillas se sonrojaron y sus pupilas comenzaron a brillar a la luz de la luna.


Una lágrima resbaló por su mentón. La limpió bruscamente con una de sus manos y de inmediato intentó pensar en la manera de no ser descubierto mientras lloraba. Agarró con los dedos el tirador de la ventana y  la abrió.  El aire de diciembre entró colérico en la habitación precipitando la caja de pastillas para la tos contra el suelo; todas las pequeñas cápsulas rodaron por la tarima.


-¿Qué estás haciendo? Cierra la ventana.


Las quejas de Jorge pudieron escucharse desde el fondo de la habitación.


Tras escuchar aquellas palabras Carlos pensó en asfixiar a su hermano, agarrarle con fuerza por el cuello y apretar hasta que dejara de ofrecer resistencia. Le oiría jadear suplicando clemencia, entonces apretaría más fuerte, así nunca más podría darle una orden.


Cerró de nuevo la ventana, no sin antes asomarse para que el aire borrara el rastro de las lágrimas en sus ojos. La calle estaba desierta, ojeó su muñeca desnuda e intentó adivinar qué hora sería. Algo en su interior le provocó una extraña necesidad de salir al exterior; se imaginó recorriendo las avenidas vacías, montándose en un taxi para dirigirse al centro de la ciudad. Sentía curiosidad por ver las luces de neón de los teatros apagadas y las estaciones de metro cerradas.


Jorge, que contemplaba a su hermano desde la cama, sintió lástima de él al verle allí de pie, con la cabeza apoyada en la ventana, guardando un sepulcral silencio.


-¿Estás bien? –preguntó.


Carlos se giró hacia su hermano y le miró, pero tardó un largo rato en responder.


-¿Habrá gente en el centro ahora? –dijo.


-No lo sé, nunca he estado allí de noche.


-A mi me encantaría visitarlo de madrugada.


Se volvió de nuevo hacia la ventana y acercó la cabeza a ella hasta que la frente tocó el cristal.


-¿Y para qué? Por la noche no hay nada abierto.


Carlos no respondió a su hermano, se concentró en dejar escapar el aliento de su boca para empañar el cristal de la ventana; cuando lo hubo conseguido, lo limpió cuidadosamente usando la manga de su pijama.


-¿Crees que papá me quería? –preguntó inesperadamente.


La pregunta cayó sobre Jorge como un jarro de agua fría. Pensó durante unos segundos la mejor respuesta posible, pero no se le ocurrió ninguna acertada.


-¿Qué crees tú? -dijo finalmente.


-Yo creo que no me quería.


-A lo mejor sí, lo que ocurre es que lo hacía a su manera.


Carlos dejó de contemplar la ventana y caminó cabizbajo hacia su cama.


-Tal vez –dijo resignado–. ¿Tú le querías? –preguntó.


-Supongo –respondió–, aunque no me acuerdo demasiado de él.


-Te quería más a ti que a mí –le recriminó el mayor.


-Eso no es verdad.


-Si no lo es, ¿por qué a ti nunca te hizo nada?


...